Inter acaba con el Reinado del Barcelona (Semifinales vuelta – UEFA Champions League 2010)

 
 
El barcelonismo llevaba una semana atizando el fuego de una conjura histórica que le llevaría a la gran remontada y a la final del Santiago Bernabéu. Nunca se había visto a los culés en semejante estado de excitación colectiva, tan ansiosos y tensos. Ni siquiera en vísperas de la final de Wembley. Viéndoles estos días, uno se los imaginaba entrando ayer al Camp Nou al grito de «desperta ferro, matem, matem», como los guerreros almogávares. Demasiada belicosidad, vaya, para la hinchada de un equipo único que, hasta la fecha, nunca había necesitado de la épica, esa tentación tan humana, para lograr sus conquistas. Le había bastado con su fútbol.
 
Detrás de esa combustión colectiva no era difícil detectar el miedo, un profundo temor a que el equipo de Guardiola perdiera su condición divina, derrotado por el mismo demonio, José Mourinho. ¿Un miedo justificado? Por lo visto ayer noche en el Camp Nou se puede decir que sí. El Barça no pudo imponer su único argumento, el fútbol, ante un Inter acorazado que completó un partido soberbio a nivel defensivo. Se podrá criticar lo que se quiera la propuesta de Mourinho, pero lo cierto es que su tropa dio una lección de cómo se resiste ante un rival superior. Superior en calidad y, durante una hora, también en efectivos, ya que el árbitro dejó a los italianos con diez en el minuto 27 tras una lamentable expulsión a Motta.
 
Llegó Mourinho al Camp Nou con su tropa y planteó una partida de cartas llena de trampas que se le atragantó a Guardiola. El Barcelona ya no irá al Bernabeu hasta la próxima Liga después de vivir la peor cara del fútbol. La que a veces castiga a quien ama el espectáculo y premia a los mezquinos, a los que desprecian la pelota y salen al campo mirando al reloj desde el minuto 1. Cuando el gol de Piqué, muy al final, encendió las gargantas de cien mil culés, los diez gladiadores que le quedaban al Inter estaban del todo acostumbrados a vivir en el alambre y no iba a ser por aguantar un puñado de minutos más que se iban a perder el sueño de una final de Liga de Campeones.
 
Camino del vestuario, el Barça empezó a lamentar la ocasión de Messi en la primera parte o, ya cuando la soga apretaba, ese cabezazo de Bojan que mandó fuera de forma incomprensible. El canterano colocó un balón en la red a punto de la campana, pero el belga Frank de Bleeckere había mandado parar por una mano muy dudosa de Touré.

No debería el Barça utilizarlo como excusa porque si enfrente tuvo un Inter rácano, ramplón, indigno de la purpurina del partido más importante del año, no es menos cierto que disfrutaron de una hora con un rival disminuido por la expulsión del revolucionado Motta.

 

Ni el mejor ambiente que se recuerda en años en el Camp Nou menguó la suficiencia de Mourinho. Cuando el portugués supo que Guardiola iba a salir con Alves adelantado, aprovechó las «molestias» de Pandev en el calentamiento para colar en a Chivu en la alineación.

 
A su manera, el técnico portugués bajó a la Tierra al mejor equipo del mundo. Parecía invencible este Barça de los seis títulos, pero ayer demostró tener también su talón de Aquiles. Sin la agresividad necesaria, más lento y previsible en la circulación, y con Messi emparedado, el equipo blaugrana no hizo méritos para la remontada. Su único gol, de hecho, no llegó hasta el minuto 83, y Piqué estaba en fuera de juego.
 
Hasta entonces, el campeón de Europa, el equipo que convertía en títeres a sus rivales o los hipnotizaba hasta jugar con ellos, sólo había sido capaz de crear dos ocasiones de gol dignas de tal nombre, una de Messi en el minuto 32 a la que Julio César respondió con el paradón de la noche y otra de Bojan de cabeza en el minuto 81. El dato obliga a descubrirse ante el magisterio de los jugadores del Inter a la hora de cerrar espacios, de bascular, de meterse en la zanja, de apoyarse unos a otros en las ayudas, de tirar la línea del fuera de juego, de atender a todos los detalles, de competir en los uno contra uno, de perder el tiempo… Como ‘catenaccio’, la verdad, fue una obra maestra. A Mourinho lo que es de Mourinho, como al César lo que es del César. Su apuesta fue inteligente. En realidad, bien mirado, la única posible. Planteando otro tipo de partido, el Inter no estaría a estas horas feliz de volver a competir por el máximo entorchado continental, algo que no consigue desde las dos finales consecutivas de 1964 y 1965, con Helenio Herrera en el banquillo y Luis Suárez en el puente de mando.
 
Sin golpes de ingenio y sin el ritmo que requería el partido, los de Guardiola acabaron buscando fortuna en disparos lejanos desde fuera del área. Pocas veces se les ha visto más impotentes, con menos posibilidades de encontrar la combinación de la caja fuerte. Aunque el gol de Piqué en la recta final puso la emoción por las nubes, esta vez no se produjo el milagro de Stamford Bridge. No lo permitieron los jugadores del Inter, profesionales implacables, al estilo de esos sicarios de élite de los que se rodean los capos en las películas de cine negro. Gente tremenda, en fin, capaz de cargarse sin torcer el gesto al mejor equipo del mundo.
 
 
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